mayo 10, 2007

De vuelta en Montevideo, Alex siente frío pese a la lana que lo recubre. La ciudad le parece muy chata. Extraña las multitudes que hormiguean. Los edificios muy altos que se intercalan con adorables rincones coloniales. El olor a café colombiano. La guanábana en yogurth, refresco y helado.
Lo que Alex no sabe es que corre por su sangre una enfermedad que se hará crónica en su vida: las ansias de viajar. Una vez que uno aprende a descubrir otras realidades, el avión es una promesa difícil de olvidar.

Y como tantas veces, Alex se cobija en el rellano que mejor conoce sus lágrimas. Llora, pero sin saber porque.